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La Candelaria y los habitantes de calle: un recorrido por la historia de la marginalidad en Bogotá

Por: Alejandro Rodríguez


Los habitantes de calle no siempre han sido parte del paisaje de la Candelaria. Empezaron a aparecer desde la época colonial, se fueron convirtiendo en una especie de espectáculo cotidiano de la Bogotá republicana y se les designó con nombres despectivos cómo “la loca margarita” o “Pomponio el loco”.

Desde siempre y hasta hoy tuvieron que lidiar con el inclemente frío de la capital; desde siempre han sido un paradigma de la obra de Goethe, del anciano que andaba por las calles casi desnudo vivía un invierno, que fácilmente parecería un castigo del infierno y todos en su villa lo miraban, le aplaudían, se comentaban entre ellos: Qué fuerte! no tiene frío, no sabiendo que el anciano, por supuesto tenía frío, lo que no tenía era ropa.

Entrada la mitad del siglo pasado, con la reestructuración territorial urbana y con el desplazamiento de la plaza de mercado y el centro de confluencia poblacional fueron trasladándose del corazón de la candelaria hacia el barrio Santa Inés (lo que hoy comprende el parque tercer milenio, y el barrio San Victorino), incluyendo a los habitantes de calle, que cada vez eran más.

Comenzando la década de los 60’s en la Candelaria se creaba un ambiente de contracultura inspirado en corrientes filosóficas y artísticas como el nadaísmo, o cómo el grupo literario generación beat y además se generaba un fetichismo mercantil con la estética de las diferentes culturas indígenas del país, sobretodo las más populares porque han preservado muchas tradiciones artesanales, se gestaba una revolución cubana que inspirará cada vez más juventudes, lo que daría paso a guerrillas que ya conocemos, y crearía un ambiente de violencia a nivel nacional, siendo la Candelaria un foco de encuentro de académicos empíricos que se oponían o afiliaron a dichas acciones.

Entonces estudiantes, artistas y habitantes de calle daban movimiento al paisaje de arquitectura colonial con rezagos de mantenimiento y retoques de cada época que se conservaría hasta nuestros días; entre humos y cuentos se enriquece el culto al deambular por este barrio.

En el 71 mientras Richard Nixon daba inicio a su fracasada Guerra contra las drogas en el barrio Santa Inés se empezó a traficar sustancias psicoactivas con más demanda y más oferta. Los habitantes de calle que consumían sustancias transitaban entre las “ollas” (Puntos de distribución fijos) y la Candelaría en donde circulaban comerciantes, estudiantes y turistas a quienes a través del cuento o del “retaque” les pedían unas monedas.

Con el pasar del tiempo, el incremento del narcotráfico, pasada la bonanza marimbera, la época activa de criminalidad de Pablo Escobar y luego de una asamblea constituyente que reconocía los derechos de todas las poblaciones, la pluralidad política, la justicia social, la igualdad y la protección de la diversidad étnica y cultural con los que ampara las posibilidades para un desarrollo digno e integral de las vidas de los habitantes de calle.

Al igual que las personas que se encuentran en estas condiciones en muchas partes del mundo; en Colombia, en Bogotá, en la Candelaria muchos de los habitantes de calle sufren de problemas de salud, adicciones, enfermedades mentales y falta de acceso a servicios básicos como el agua, comida y atención médica.

Finalizando los 90 's la alcaldía ordenó una intervención radical en aspectos socioculturales en El Cartucho, un sector de tolerancia de 16,5 hectáreas que luego fue transformado en el parque tercer milenio, conservando solamente dos estructuras del antiguo barrio. Dando paso a dos sitios de confluencia de consumidores y distribución agrupada de estupefacientes conocidos como “El Sanber” y “La L” o “El Bronx” donde además, por ausencia estatal, se concentraron el mercado negro y la delincuencia impune.

Luego con la última intervención a la calle del Bronx en el año 2016 propició un cambio sociocultural drástico; cómo quien abre una caja de pandora, todas las problemáticas que se contenían en ese espacio pasaron a ser parte de la localidades aledañas y de otros espacios en distintos puntos de la ciudad y aún funcionan hasta hoy, la seguridad y la higiene son los aspectos que más preocupan, porque además de haber llegado a afectar a muchas personas tuvo un incremento exponencial en muy corto tiempo, además se suman la diáspora venezolana y el crecimiento poblacional normal de las capitales, ya que con el crecimiento exponencial de la población, aumenta el número de habitantes de calle. Hoy en la ciudad hay más de 3.000 “cambuches” y no se sabe cuántos de ellos en la Candelaria, lo cierto es que junto a las propuestas arquitectónicas de distintas épocas emergió un método de construcción itinerante que podemos encontrar de vez en cuando, a media calle, cómo quien encontraría un museo o la casa de algún conocido personaje de la historia nacional o distrital.

Actualmente en las localidades aledañas a la Candelaria convergen la mayor cantidad de habitantes de calle, siendo parte de la cultura cosmopolita que caracteriza esta localidad, muy visitada por su carácter ecléctico.

El día a día de los habitantes de calle no se podría tipificar, para comer se rebuscan entre la basura y la caridad; algunos se bañan con chorros de agua que aparecen por las calles, otros buscan albergues y asistencias privadas mientras otros ni se bañan, aunque parezca ironía, algunos tocan el agua solo cuando llueve; En tanto algunos duermen de día, otros de noche y otros prefieren caer a donde el sueño les pese al punto de no aguantarlo, no importa donde, finalmente la calle es su hogar; desde la salud, muchos de ellos tienen que adaptar las dinámicas de aseo y bienestar a esa calle que habitan y por ello siempre van a padecer aquellas enfermedades y bacterias que se encuentran en esa misma calle.

Las mujeres particularmente se ven obligadas a buscar y usar trapos o espumas cómo toallas higiénicas, en muchos casos, padeciendo los dolores y síntomas sin ningún tratamiento a la mano a causa de la carencia de los recursos y una política que garantice su derecho de acceso a la salud con eficacia.

Algunos son víctimas, otros son victimarios, en todo caso la atención que se le brinda a ambos fenómenos se queda corta en los últimos dos meses han sido varios los habitantes de calle encontrados asesinados en Bogotá mientras que existen una secretaria de integración social responsable para trabajar por los derechos y la dignificación de la vida de los habitantes de calle, un centro de atención y desarrollo para mujeres habitantes de calle y otros programas e instancias de distintas secretarías que pretenden mitigar las problemáticas que nombré anteriormente.

Los negocios y restaurantes de la Candelaria se las han arreglado para armonizar con ellos, han contribuido en la causa de desestigmatizar les, de entenderles cómo lo que son, seres humanos. De vez en cuando, varios filántropos y altruistas llegan a compartir algunos alimentos.

Para finalizar, lo que he querido transmitir a través de esta historia es que los habitantes de calle de La Candelaria, cómo todos los habitantes del mundo, son seres humanos, con sus propios sueños, esperanzas y desafíos. En lugar de juzgarlos o ignorarlos, deberíamos trabajar juntos para encontrar soluciones para ayudarles a salir de la calle, brindándoles apoyo y oportunidades para construir una vida digna. Solo entonces podremos construir una sociedad verdaderamente justa y equitativa para todos.


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